Definición

La angustia, tal como la formula Kierkegaard bajo el seudónimo de Vigilius Haufniensis en El concepto de la angustia (Begrebet Angest, 1844), no debe confundirse con el miedo, puesto que el miedo posee siempre un objeto determinado ante el cual se retrocede, mientras que la angustia carece de objeto en sentido estricto y se dirige hacia lo indeterminado, hacia la nada de la posibilidad. Kierkegaard la describe con una fórmula célebre como el “vértigo de la libertad”, esto es, aquel estado en el cual el espíritu, al advertir la infinita apertura de sus posibles, siente simultáneamente atracción y repulsión, dulzura y espanto, ante el hecho de que puede llegar a ser cualquier cosa. La angustia, por tanto, no es un defecto psicológico ni una patología del ánimo, sino la condición ontológica del ser humano en tanto que síntesis de finitud e infinitud, de temporalidad y eternidad, obligado a devenir sí mismo mediante la elección. La reflexión kierkegaardiana se articula en diálogo crítico con la dogmática luterana sobre el pecado original, puesto que Haufniensis intenta comprender psicológicamente cómo el pecado ingresa en el mundo sin recurrir a explicaciones mitológicas ni deterministas, y descubre que la angustia es precisamente la disposición ambigua que precede al salto cualitativo del pecado, sin ser todavía pecado ella misma. En esta medida, la angustia constituye la antesala de la libertad y, a la vez, el índice del abismo que la libertad debe atravesar para constituirse. La radicalidad de la propuesta consiste en mostrar que la angustia no puede ser eliminada sin destruir con ella la posibilidad misma del sí mismo, razón por la cual, en las páginas finales de la obra, se sostiene que quien ha aprendido a angustiarse rectamente ha aprendido lo más alto, pues la angustia debidamente educada conduce, por la vía de la fe, hacia la reconciliación existencial del individuo consigo mismo y con su fundamento eterno.

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