Definición
La noción de vocabulario final (final vocabulary) es una de las categorías centrales del pragmatismo neopragmatista elaborado por Richard Rorty, especialmente en Contingencia, ironía y solidaridad (Contingency, Irony, and Solidarity, 1989), obra sistemática que articula su lectura de la contingencia lingüística e histórica con una propuesta ético-política liberal fundada en la solidaridad ampliada. La categoría se apoya en la crítica rortyana previa del representacionalismo epistemológico desarrollada en La filosofía y el espejo de la naturaleza (Philosophy and the Mirror of Nature, 1979), donde había mostrado que la búsqueda tradicional de un fundamento último para el conocimiento constituye un pseudoproblema herencia del cartesianismo.
Rorty define el vocabulario final como el conjunto de palabras que cada persona utiliza para articular sus alabanzas más profundas, sus condenas más severas, sus proyectos vitales más importantes, sus dudas más íntimas y sus esperanzas más altas. Son las palabras con las que cuenta cuando debe justificar por qué hace lo que hace, qué considera bueno, qué considera despreciable, cuándo se siente orgulloso y cuándo avergonzado. Son finales en el sentido de que si se pusieran en duda, el usuario no dispondría de un vocabulario alternativo más profundo para defenderlas; recurriría a la fuerza, al silencio, a la resignación, o simplemente pasaría de largo la conversación.
Los vocabularios finales incluyen términos generales relativamente flexibles y compartidos —“verdadero”, “bueno”, “correcto”, “hermoso”— y términos más específicos que cada persona ha ido incorporando a lo largo de su biografía particular: “profesional”, “revolucionario”, “católico”, “solidario”, “auténtico”, “chévere”, “cursi”, “elegante”, “kitsch”, “gracioso”, “denso”, “clase”, “rigor”, “espontaneidad”. La composición precisa del vocabulario final de cada uno es producto contingente de su historia individual: los libros que ha leído, los profesores que lo han marcado, los amores que ha vivido, las traiciones que ha sufrido, las lecturas casuales, los encuentros afortunados o dolorosos.
La categoría permite a Rorty formular la figura del liberal irónico. La ironía en sentido rortyano no es actitud cínica ni distancia desengañada: es la conciencia lúcida de la contingencia radical del propio vocabulario final. El irónico rortyano reconoce que su vocabulario no es la traducción a palabras de un orden ontológico previo, ni la expresión de una razón universal, ni la revelación de una verdad metafísica; es sedimento biográfico de su historia particular, que otras historias habrían producido de manera distinta sin ser por ello menos legítimas. Esta conciencia no debilita el compromiso vital con las propias categorías; permite sostenerlas sin fanatismo, sin exigir a otros que las adopten como condición de reconocimiento.
El liberal, complementariamente, es aquel que considera la crueldad —el uso del vocabulario final propio para humillar a otros— como el peor de los males que puede cometer. La articulación entre ironía y liberalismo permite a Rorty proponer una ética pragmatista donde la sociedad justa no se funda en principios universales indubitables sino en la ampliación progresiva del círculo de la solidaridad mediante la sensibilización a la contingencia y al sufrimiento ajeno, tarea para la cual la literatura y las narrativas (Nabokov, Orwell, Dickens) resultan más eficaces que la filosofía sistemática.
La propuesta ha sido objeto de intensa polémica: acusada de relativismo por sus críticos analíticos, de conservadurismo por sus críticos radicales, de etnocentrismo por sus críticos poscoloniales. Sigue funcionando como referencia obligada en los debates contemporáneos sobre pluralismo, tolerancia, verdad y justificación política.