Definición

El mandato de masculinidad, tal como Rita Segato lo elabora en obras como La guerra contra las mujeres (2016) y Contra-pedagogías de la crueldad (2018), designa aquella estructura simbólica y práctica que constituye a los varones en tanto tales mediante una exigencia continua y traumática de acreditación de su virilidad ante otros varones, quienes operan como jurado permanente que evalúa, aprueba o desautoriza cada gesto. Segato sostiene que este mandato antecede históricamente al patriarcado moderno y se remonta a formas ancestrales de organización tribal, aunque su radicalización se produce con la conjunción entre colonialismo, capitalismo y modernidad, momento en el cual la masculinidad hegemónica se transforma en una exigencia estructural inseparable de la producción de la violencia contra las mujeres. La tesis central sostiene que el varón no nace sino que debe hacerse permanentemente, y que este hacerse consiste en superar pruebas de fuerza, potencia sexual, capacidad económica, indiferencia afectiva y disposición a la agresión, pruebas cuya validación depende siempre del reconocimiento de la corporación masculina. En la medida en que la existencia de un cuerpo femenino disponible y subordinado funciona como escenario indispensable para que la virilidad pueda ser exhibida y confirmada, el cuerpo de las mujeres se convierte en el territorio sobre el cual se dirime el pacto entre varones. De esta arquitectura se sigue una tesis fundamental para la comprensión de la violencia contemporánea: el feminicidio, la violación y la crueldad ejercida sobre los cuerpos feminizados no son actos individuales de patologías aisladas, sino mensajes cifrados que los varones dirigen a otros varones para reafirmar su pertenencia a la corporación masculina y su lugar en la jerarquía interna. Segato articula esta perspectiva con una crítica al colonialismo, mostrando que la modernidad europea, al introducirse en las sociedades no occidentales, intensificó las jerarquías de género preexistentes y produjo una masculinidad exacerbada que combina la exigencia patriarcal ancestral con la lógica capitalista de la acumulación y la mercantilización de los cuerpos. El concepto permite comprender por qué toda estrategia efectiva contra la violencia machista debe apuntar no sólo a las víctimas sino a las estructuras que fabrican al agresor.

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