Definición

La doctrina lockeana de la tolerancia constituye una de las contribuciones fundacionales del liberalismo político moderno y encuentra su exposición canónica en A Letter Concerning Toleration (Epistola de Tolerantia, 1689), redactada por John Locke en latín durante su exilio holandés hacia 1685 y publicada anónimamente al retorno de la Revolución Gloriosa, junto con dos cartas posteriores redactadas en respuesta a las críticas del anglicano Jonas Proast. La obra debe leerse en el contexto histórico de las guerras de religión europeas del siglo XVII, del Edicto de Nantes y su revocación en 1685 por Luis XIV, y de las tensiones religiosas inglesas entre anglicanos, católicos, disidentes puritanos y sectas radicales que habían atravesado la guerra civil, el interregno y la restauración de los Estuardo. Locke formula una defensa filosófica de la tolerancia religiosa apoyada en una tesis fundamental: la distinción tajante entre las funciones legítimas del Estado civil y las funciones legítimas de la Iglesia como asociación voluntaria. El Estado, según Locke, tiene competencia exclusiva sobre los bienes exteriores (vida, libertad, salud del cuerpo y posesión de bienes) y no posee competencia legítima alguna sobre la salvación de las almas ni sobre las creencias interiores de los ciudadanos, en tanto la fe verdadera no puede ser producida por coerción externa y sólo tiene valor si procede de la convicción libre del sujeto. La Iglesia, por su parte, es una asociación libre de creyentes que se unen voluntariamente para el culto y la salvación, y no posee más autoridad sobre sus miembros que la que ellos consienten, ni puede utilizar el poder coactivo estatal para imponer su doctrina. De esta distinción se sigue el principio de tolerancia mutua: el magistrado civil debe abstenerse de imponer religión alguna y de perseguir a los disidentes; las iglesias deben abstenerse de reclamar poder político sobre los no miembros y de invocar el brazo secular contra los herejes. Locke establece sin embargo dos excepciones controvertidas a la tolerancia universal: los ateos, cuya palabra no puede ser confiable al no aceptar la sanción divina de los juramentos, y los católicos, cuya lealtad última a un soberano extranjero (el papado) los convierte en amenaza para la soberanía nacional. Pese a estas limitaciones históricamente condicionadas, la doctrina funda el principio moderno de separación Iglesia-Estado.

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