Definición
El superhombre (Übermensch) es una de las categorías centrales del pensamiento tardío de Friedrich Nietzsche, formulada de manera especialmente concentrada en Así habló Zaratustra (Also sprach Zarathustra, 1883-1885), obra dividida en cuatro partes que Nietzsche consideraba su libro fundamental. La figura aparece desde el prólogo, donde Zaratustra baja de la montaña para anunciar al pueblo que el hombre es algo que debe ser superado y que el sentido de la tierra es el superhombre. La formulación se despliega en los discursos del profeta y se articula con otras categorías nietzscheanas mayores: la muerte de Dios, la voluntad de poder, el eterno retorno, la transvaloración de todos los valores.
El concepto ha sido históricamente objeto de una de las malinterpretaciones más devastadoras de la filosofía moderna, apropiado tergiversadamente por el nazismo mediante la manipulación editorial de Elisabeth Förster-Nietzsche, hermana antisemita del filósofo que administró su archivo después de su colapso mental. La reconstrucción filológica y filosófica del siglo XX —particularmente los trabajos de Karl Schlechta, Walter Kaufmann, Giorgio Colli y Mazzino Montinari— restauró el sentido original del concepto, alejándolo definitivamente del tipo biológico racial, del ideal ariano, del superhombre eugenésico o de cualquier lectura darwinista social.
El superhombre nietzscheano no designa una raza superior ni un tipo biológico específico ni una casta destinada a dominar. Designa un tipo humano nuevo capaz de crear sus propios valores tras la muerte de Dios, es decir, tras el derrumbe de las fuentes trascendentes tradicionales de la valoración —el orden divino, la ley natural, la razón objetiva, la moral universal—. En el diagnóstico nietzscheano de la modernidad, expuesto de manera concentrada en La gaya ciencia (Die fröhliche Wissenschaft, 1882, §125, la famosa parábola del loco), Dios ha muerto y los seres humanos aún no han comprendido la magnitud del acontecimiento. Con Dios se derrumban también sus sucedáneos secularizados: la razón universal, el progreso automático de la historia, la moral kantiana con pretensión de universalidad, la fe positivista en la ciencia como redención.
El nihilismo es la consecuencia inevitable de esta pérdida: sin fuente trascendente de valor, todos los valores parecen perder fundamento y la vida parece perder sentido. Frente al nihilismo pasivo —que se conforma con el desamparo, la mediocridad, el último hombre que sólo aspira al pequeño confort— Nietzsche propone el nihilismo activo: la transvaloración creativa que asume la responsabilidad de fundar nuevos valores desde la propia potencia vital, sin apoyo trascendente ni excusas metafísicas. El superhombre es quien realiza esta transvaloración; quien crea sus valores, quien sostiene el eterno retorno de lo mismo como afirmación absoluta de la vida, quien asume la voluntad de poder no como dominio sobre otros sino como capacidad creadora ascendente.
El superhombre es figura utópica en el sentido griego original: aún no es lugar, aún no existe empíricamente, apunta hacia adelante como horizonte de posibilidad. Es también figura crítica: contrapunto contra el último hombre (letzter Mensch), esa criatura mediocre que Zaratustra describe con horror en el prólogo —quien inventó la felicidad y guiña el ojo satisfecho, quien no aspira a nada grande, quien preferiría la comodidad segura a cualquier riesgo creativo—. El superhombre no es fin logrado sino tarea permanente, y como tal representa una ética del autoperfeccionamiento en clave estética y trágica, no en clave utilitaria ni deontológica.
La influencia del concepto ha sido considerable. Heidegger dedicará al Nietzsche del superhombre extensos análisis en las lecciones sobre Nietzsche de los años treinta. Foucault, Deleuze, Klossowski, Sloterdijk lo retomarán en registros diversos. La filosofía contemporánea del transhumanismo ha intentado apropiarse del término, con controversia sobre si esa lectura tecnocientífica traiciona o extiende la intuición nietzscheana.