Definición
La prohibición del incesto ocupa el lugar arquimédico de la antropología estructural formulada por Claude Lévi-Strauss en Las estructuras elementales del parentesco (1949), su tesis doctoral. Lévi-Strauss identifica en esta regla el hecho singular que resuelve el problema clásico del paso de la naturaleza a la cultura, y por tanto la aporía que había atormentado a la reflexión de Rousseau sobre el origen del hombre social. La prohibición del incesto tiene el rasgo excepcional de ser simultáneamente universal, como las reglas de la naturaleza, y variable en su contenido específico, como los códigos de la cultura: en todas las sociedades humanas conocidas existe una prohibición codificada de las relaciones sexuales entre ciertas categorías de parientes, aunque las categorías precisas prohibidas —el padre y la hija, el hermano y la hermana, el primo cruzado y la prima paralela— varían enormemente de un grupo a otro. Lévi-Strauss argumenta que la funcionalidad de esta regla no puede explicarse por consideraciones biológicas sobre la endogamia genética, que las sociedades humanas no estaban en posición de conocer, ni por explicaciones psicoafectivas freudianas sobre el complejo de Edipo, insuficientes para dar cuenta de su universalidad transcultural. La prohibición del incesto es, más profundamente, la regla del don generalizado: al prohibir a los hombres del grupo tomar como esposas a las mujeres de su propia unidad de parentesco, la regla los obliga a intercambiarlas con hombres de otras unidades, instaurando así el circuito de reciprocidad matrimonial que teje las sociedades. La sociedad nace del intercambio; el incesto es la retención egoísta que impediría el circuito. Lévi-Strauss distingue en las estructuras elementales del parentesco dos grandes formas de intercambio: el intercambio restringido, en el cual dos grupos se intercambian recíprocamente sus mujeres en cada generación, y el intercambio generalizado, en el cual un grupo A da mujeres a un grupo B, este a un grupo C, y este a A, cerrando el circuito a través de una cadena más larga. La lectura ha sido criticada por su androcentrismo estructural —las mujeres aparecen como objeto y no como sujeto del intercambio— y por Simone de Beauvoir, Gayle Rubin y Judith Butler.