El diálogo constituye la categoría central de la pedagogía del oprimido formulada por Paulo Freire, expuesta de modo sistemático en su obra fundacional Pedagogía del oprimido (redactada en el exilio chileno en 1968 y publicada en 1970), y desarrollada en escritos posteriores como La educación como práctica de la libertad (1967), Cartas a Guinea-Bissau (1977) y Pedagogía de la esperanza (1992). Freire, en polémica frontal con lo que denomina la concepción bancaria de la educación (según la cual el maestro deposita conocimientos en el educando pasivo), propone una concepción problematizadora en la que educador y educando son ambos sujetos del proceso cognitivo, mediados por el mundo que se toma como objeto compartido de indagación crítica. El diálogo no es aquí una técnica pedagógica accesoria ni un procedimiento didáctico entre otros sino el modo mismo de ser del acto humano de conocer y la condición ontológica del proceso emancipatorio: los seres humanos, sostiene Freire, no se educan solos ni son educados unilateralmente por otros, sino que se educan entre sí mediatizados por el mundo. Este diálogo requiere condiciones sustantivas irrenunciables: amor por el mundo y por los seres humanos, humildad respecto de la propia condición de saber siempre parcial, fe en los hombres y en su capacidad de hacer y rehacer, esperanza histórica como matriz de la acción transformadora, y pensamiento crítico que se distingue del pensamiento ingenuo por su capacidad de percibir la realidad como proceso susceptible de transformación. El diálogo se articula pedagógicamente en torno a las palabras generadoras, extraídas del universo lingüístico y existencial de los propios educandos mediante una investigación temática previa, y en torno a la codificación y decodificación de situaciones significativas que permiten al educando pasar de la conciencia ingenua a la conciencia crítica. La educación deja así de ser transmisión de contenidos para convertirse en práctica dialógica de lectura del mundo y en instrumento de la praxis liberadora que Freire consideraba consustancial a toda vocación auténticamente humanizadora.