Definición
El concepto de capital cultural, forjado por Pierre Bourdieu en el marco de una teoría general de los capitales que amplía y transforma la categoría marxista de capital, aparece expuesto de manera programática en el ensayo “Les trois états du capital culturel” publicado en Actes de la recherche en sciences sociales en 1979 y encuentra su despliegue empírico más ambicioso en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (La distinction, 1979). Bourdieu sostiene que las sociedades contemporáneas se estructuran mediante la desigual distribución de tres formas fundamentales de capital, a saber, económico, cultural y social, a los cuales se añade un capital simbólico que designa la forma que adquieren los anteriores cuando son percibidos como legítimos. El capital cultural se presenta en tres estados irreductibles cuya distinción resulta clave para el análisis sociológico. En su estado incorporado, existe bajo la forma de disposiciones duraderas del cuerpo y de la mente, esto es, como habitus, adquiridas mediante un largo proceso de inculcación familiar y escolar que exige tiempo, dedicación y renuncia. En su estado objetivado, se materializa en bienes culturales tales como libros, obras de arte, instrumentos, cuadros o discos, cuya apropiación material puede ser inmediata pero cuya apropiación simbólica requiere del capital incorporado correspondiente. En su estado institucionalizado, adquiere la forma de títulos escolares y académicos que, al ser oficialmente reconocidos y sancionados por el Estado, garantizan a su portador un valor convencional independiente en cierta medida de sus competencias reales. La productividad analítica del concepto reside en que permite comprender cómo la escuela, aunque proclama la igualdad formal de oportunidades, reproduce en realidad las desigualdades sociales al presuponer un capital cultural incorporado desigualmente distribuido en las familias de origen. La categoría de capital cultural constituye así una herramienta decisiva para pensar los mecanismos de dominación simbólica y para desmontar la ideología meritocrática que naturaliza los privilegios heredados como méritos personales.