Definición
La armonía preestablecida (harmonia praestabilita) es una de las doctrinas más originales de la metafísica de Gottfried Wilhelm Leibniz, elaborada progresivamente desde los años ochenta del siglo diecisiete y expuesta con claridad en el Système nouveau de la nature et de la communication des substances (1695), en la Théodicée (1710) y en la Monadologie (1714). Su origen está en el problema de la comunicación entre las sustancias, particularmente entre alma y cuerpo, que Descartes había dejado sin resolver satisfactoriamente y que los ocasionalistas —Malebranche en primer lugar— habían intentado solucionar postulando que Dios interviene en cada ocasión para coordinar los estados mentales y los estados corporales. Leibniz rechaza tanto la influencia real cartesiana como el ocasionalismo por razones metafísicas: la primera introduce una acción transitiva entre sustancias que su ontología monadológica no permite, pues las mónadas “no tienen ventanas” por las que algo pudiera entrar o salir; el segundo convierte a Dios en un ingeniero perpetuo que interviene en cada instante, lo cual atenta contra su perfección y contra el orden regular del mundo. La solución leibniziana es la armonía preestablecida: Dios, en el acto de la creación, dispuso desde toda la eternidad las mónadas de tal modo que los estados internos de cada una se despliegan siguiendo su propia ley interna y, sin embargo, cada estado coincide exactamente con los estados correspondientes de todas las demás mónadas. Cada mónada, aunque cerrada sobre sí misma, refleja el universo entero desde su punto de vista particular, como un reloj perfectamente ajustado a todos los demás relojes del sistema. La comunicación aparente entre alma y cuerpo, o entre sustancias distintas, no es entonces una interacción causal real sino la manifestación de esa coordinación primordial. La doctrina se articula con la teodicea leibniziana —este es el mejor de los mundos posibles porque Dios eligió la combinación óptima entre las mónadas— y con el principio de razón suficiente. Sus problemas —la libertad, el mal, la aparente redundancia de una preordenación tan estricta— animaron los debates dieciochescos y fueron decisivos para Kant y para los idealismos posteriores.