Definición
La acción, en el pensamiento de Hannah Arendt, es la más alta de las tres actividades humanas fundamentales que ella distingue en La condición humana (1958), junto con la labor y el trabajo. Mientras la labor atiende al ciclo biológico de la reproducción vital y el trabajo produce el mundo de objetos artificiales que confiere estabilidad al hábitat humano, la acción es la única actividad que se ejerce directamente entre hombres sin mediación de cosas y que constituye lo político en sentido estricto. La acción está indisolublemente ligada a la palabra: quien actúa se revela como quién es —no como qué es— ante otros que también actúan, y esa revelación solo tiene lugar en un espacio de aparición plural donde los agentes son al mismo tiempo iguales, en cuanto tomados como interlocutores, y distintos, en cuanto irreductibles a cualquier categorización sustancial. Arendt vincula la acción con dos condiciones ontológicas: la pluralidad, es decir, el hecho de que habitan la Tierra hombres y no un Hombre, y la natalidad, la capacidad de comenzar algo nuevo que cada recién nacido introduce en el mundo y que reactiva la posibilidad del inicio en la esfera política. La acción es, por eso, imprevisible en sus consecuencias, irreversible en sus efectos y solo puede tramitarse mediante dos facultades específicas: el perdón, que redime la irreversibilidad, y la promesa, que introduce islas de previsibilidad en el mar de la contingencia. Arendt reconstruye históricamente la acción desde la polis griega y la res publica romana, denuncia su eclipse moderno bajo el imperio de lo social —la absorción de la política por la administración de necesidades— y la reencuentra en experiencias revolucionarias como los consejos obreros y los movimientos por los derechos civiles. En su marco, la acción es lo opuesto del comportamiento estadísticamente predecible del animal laborans y de la instrumentalidad medio-fin del homo faber: es libertad ejercida en público, aparición del agente y fundación de mundo compartido.