Definición
El fuego, en la cosmología de Heráclito de Éfeso (siglo VI-V a.C.), constituye el principio (arjé) o elemento primero desde el cual y hacia el cual todas las cosas se transforman en el devenir universal. Los fragmentos conservados, particularmente los recogidos por Diels-Kranz bajo el número 30 y 31, formulan esta doctrina con densidad enigmática: “Este cosmos, el mismo para todos, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que fue siempre, es y será fuego eternamente vivo, que se enciende según medida y se apaga según medida”. El fuego heraclíteo no debe entenderse como uno más entre los cuatro elementos posteriores de Empédocles ni como sustancia material inerte, sino como imagen conceptual del devenir mismo, del flujo permanente y del intercambio universal de las cosas. Por eso Heráclito lo asocia con el logos, la razón cósmica que gobierna todas las transformaciones según medida, y con la lucha de contrarios (pólemos) como padre de todas las cosas. La analogía monetaria del fragmento 90 es reveladora: “todas las cosas se cambian por fuego y el fuego por todas, como las mercancías por oro y el oro por las mercancías”, situando al fuego como equivalente universal ontológico. El fuego se transforma en agua, y el agua en tierra, en un ciclo descendente (odós káto) y ascendente (odós áno) que constituye el ritmo cósmico. Esta cosmología fue interpretada por los estoicos como precedente de su ekpírosis o conflagración universal periódica, y por Hegel como intuición dialéctica primigenia del ser en su unidad con la nada en el devenir. Nietzsche, en “La filosofía en la época trágica de los griegos”, ve en el fuego heraclíteo la afirmación estética del devenir como juego divino.