Definición

La desconexión moral (moral disengagement) es la categoría teórica que Albert Bandura desarrolla dentro del marco de la teoría social cognitiva, expuesta programáticamente en el capítulo Mechanisms of Moral Disengagement in the Exercise of Moral Agency del Journal of Social Issues (1990) y sistematizada como núcleo argumentativo de la obra tardía Moral Disengagement: How People Do Harm and Live with Themselves (Bandura, 2016). Bandura parte del supuesto de que las personas ordinarias han internalizado a lo largo del desarrollo un conjunto de estándares morales que operan como sistema de autorregulación conductual: normalmente, la anticipación de la autocondena que seguiría a una transgresión bastaría para inhibir la conducta dañina. La cuestión que Bandura formula, inspirado en parte por el problema arendtiano de la banalidad del mal y por los experimentos clásicos de Milgram sobre obediencia y Zimbardo sobre la cárcel de Stanford, es cómo pueden sujetos que sostienen sinceramente valores morales cotidianos participar sin conflicto aparente en actos claramente dañinos, desde el bullying escolar hasta el genocidio, desde el fraude corporativo hasta la tortura institucional. La respuesta banduriana identifica ocho mecanismos por los cuales la autorregulación moral se desactiva selectivamente en relación con actos concretos, sin necesidad de que el sujeto renuncie a sus estándares generales. Estos mecanismos son: la justificación moral, que reencuadra la conducta dañina como servicio a un fin superior; el etiquetado eufemístico, que sustituye el vocabulario descriptivo directo por expresiones neutralizantes (“daño colateral”, “reducción de personal”); la comparación ventajosa, que contrapone el propio acto a otros peores para minimizarlo; el desplazamiento de la responsabilidad hacia autoridades o instancias superiores; la difusión de la responsabilidad en una cadena colectiva donde nadie es identificable como agente; la distorsión de las consecuencias, que minimiza, ignora o niega los efectos del acto; la deshumanización de las víctimas, que las priva de estatuto moral pleno; y la atribución de culpa a las víctimas mismas, que las presenta como merecedoras del daño. Bandura sostiene que estos mecanismos no son patológicos ni raros, sino operaciones cotidianas de la agencia moral que la investigación empírica ha corroborado en dominios tan diversos como violencia armada, ciberacoso, delitos financieros, industria armamentística y crisis ambientales.

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