Definición

La circularidad es uno de los principios organizadores fundamentales de la terapia sistémica de la Escuela de Milán y de la cibernética de segundo orden, elaborados a lo largo de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta por dos linajes convergentes: por un lado, el equipo terapéutico coordinado por Mara Selvini Palazzoli en el Centro para el Estudio de la Familia de Milán —integrado inicialmente por Selvini, Luigi Boscolo, Gianfranco Cecchin y Giuliana Prata—; por otro, el biólogo y cibernético Heinz von Foerster desde el Biological Computer Laboratory de la Universidad de Illinois. Ambas líneas se cruzan explícitamente cuando el equipo milanés incorpora los desarrollos foersterianos a su práctica clínica.

En el registro clínico, la circularidad designa dos operaciones convergentes. Primero, una manera de pensar los problemas familiares que rompe con la causalidad lineal característica del modelo médico tradicional. En la causalidad lineal, un factor A produce un efecto B: la depresión de la madre produce el retraimiento del hijo, el alcoholismo del padre produce los conflictos conyugales, el trauma infantil produce el trastorno adulto. En la lectura circular, ninguno de estos elementos es causa aislable ni efecto aislable: la depresión de la madre y el retraimiento del hijo se sostienen recíprocamente en una espiral donde cada uno responde al otro y ambos configuran un patrón estable que precisamente por su estabilidad reproduce el sufrimiento. Buscar culpables es buscar el comienzo del círculo, tarea imposible por definición.

Segundo, la circularidad se instancia en una técnica de entrevista específica: las preguntas circulares (circular questions), formuladas sistemáticamente por el equipo milanés en el ensayo programático “Hipotetización, circularidad y neutralidad” (Family Process, 1980). Estas preguntas no interrogan a un miembro sobre sus propios sentimientos, pensamientos o conductas —modo entrevistador tradicional que produce respuestas ya construidas y defensivas—; interrogan a un miembro sobre la relación entre otros dos miembros de la familia. Ejemplos: “¿Quién crees que sufre más con la conducta de tu hermana?”, “Cuando tu padre grita, ¿qué hace tu madre?”, “¿Quién estaba más cerca de tu abuelo antes de su muerte, tu madre o tu tía?”.

Las preguntas circulares producen varios efectos terapéuticos simultáneos. Revelan al terapeuta los patrones relacionales que estructuran el sistema familiar sin necesidad de que ningún miembro los formule explícitamente. Movilizan a la familia entera, no sólo al paciente identificado, involucrando a cada miembro en la construcción del cuadro global. Generan diferencias perceptibles —Bateson enseñaba que información es diferencia que hace diferencia— que sacuden las rigidificaciones familiares. Y desafían la lógica lineal de culpa y víctima que suele sostener el síntoma.

En el registro epistemológico, Heinz von Foerster propone la cibernética de segundo orden como la cibernética que incluye al observador dentro del sistema observado. La cibernética de primer orden estudia sistemas observados desde fuera —un termostato, un ecosistema, una familia observada por el terapeuta— como si el observador pudiera colocarse en posición externa neutral. Von Foerster sostiene que esta posición externa es ficción epistemológica: el observador siempre pertenece a algún sistema desde el cual observa, y su observación transforma tanto al sistema observado como al propio observador. No hay punto de vista desde ningún lugar (view from nowhere): toda observación es realizada por un observador situado que participa en aquello que observa.

La aplicación clínica de este principio es decisiva. El terapeuta no es observador externo neutral de la familia problemática; es participante que, al entrar en el sistema para observarlo, ya lo modifica. La distinción entre observador y observado, entre terapeuta y familia, se disuelve productivamente en una circularidad epistémica: el terapeuta observa a la familia que observa al terapeuta que observa, y así sucesivamente. Esta conciencia epistémica exige del terapeuta reflexividad permanente sobre su propio lugar en el sistema, atención a los efectos de su presencia y humildad respecto de la posibilidad de un conocimiento objetivo del otro.

El planteamiento ha nutrido la terapia narrativa, la terapia colaborativa, la investigación cualitativa reflexiva y buena parte del giro constructivista en las ciencias sociales.

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